Hola amig@s. La vi una mañana y ya no pude quitarle los ojos de encima. Mucho antes de que nadie me dijera nada ya sabía su nombre, Sophie (de apellido Ibanez). Era dulce, de piel suave, morena… y yo caí enredado en sus curvas.
Cuando alguien tiene una adicción fuerte a algo, de esas que enganchan para toda la vida, pueden pasar años sin que la persona consuma, pero basta un ligero olor, una sensación que parecía olvidada, un sonido, un recuerdo de esos que llega en mitad de la noche, para que esa persona sienta la terrible necesidad de volver a consumir.
Y eso es lo que me ha pasado a mi. Bastó un ligero roce hace unas semanas, un sentimiento olvidado hace tiempo en los recodos de la memoria, para sentir la necesidad, obsesiva, que crecía día tras día, de volver a pecar.
Fue entonces cuando llegó mi enfermedad, los días de baja laboral, mis paseos solitarios por la ciudad y por fin mi encuentro con Sophie.
La verdad es que fue ella la que me llamó desde el principio. Me atrajo, me sedujo, y en cuanto escuché su voz supe que no nos podríamos volver a separar. Fue cuestión de horas decidir invitarla a casa. Ahora está aquí, conmigo, y se que poco a poco conseguiremos una intimidad, un cariño y una simbiosis como llegué a conseguir hace tiempo con Juanita, Tomasa o Julia.
Si, Sophie es mi nueva guitarra, francesa, morena, de curvas estilizadas y muy cantarina y alegre en el trato. Electro-acústica, suave al tacto, de buena calidad en su eléctrica y en sus materiales. No pude resistirlo y pequé. Era cuestión de tiempo caer en tentaciones de viejos vicios, aficiones aquí olvidadas, y como dijo mi jefe cuando me conoció… “un soltero con este sueldo en París… quién fuera joven otra vez”.
Prometo fotos de ambos, de Sophie y mías, compartiendo nuestra nueva casa.
En cuanto a cosas más serias, para los que menos enterados estéis os hago un pequeño resumen de mi enfermedad, que de verdad, y ahora sin coñas empieza a asustarme.
El domingo pasado comenzó un ligero sarpullido en manos y brazos, que yo asocié a algo que había comido los días anteriores, pero como el sarpullido no se extendió al resto del cuerpo enseguida descarté la alergia alimentaria. Luego se extendió solo a cara y cuello, dejándome las orejas rojas y ardiendo de picores.
El miércoles, como vi que no disminuía la urticaria fui al médico (en realidad mi jefa me vio tan mal que me “autorizó” a salir antes del curro para ver a un médico). Visitar a un médico aquí no es cosa fácil, pero no os voy a aburrir con los detalles de los cientos de llamadas y vueltas que di hasta dar con un centro de salud. Por supuesto, el famoso “timo” de la tarjeta sanitaria europea que nos colaron en España (como otros timos como el de las matrículas europeas, etc) no funcionó aquí en el centro de salud y tuve que pagar las consultas del médico.
Primero me dio algo fuerte para ver si disminuía la urticaria y los picores (miércoles por la tarde) y dos días de baja laboral. El viernes por la tarde, viendo que el sarpullido no se había reducido decidí consultar (pagando de nuevo) al mismo médico y me dio algo más fuerte todavía, otros dos días de baja (lunes y martes de la semana que viene) y se mostró preocupado. Si la urticaria no se ha reducido antes del martes me mandará a un especialista (dermatólogo-alergólogo) para intentar desentrañar qué cojones es lo que tengo.
Para que os hagáis una idea, hace dos días tenía la cara como el malo de “La Amenaza Fantasma” y me picaban las orejas a muerte, algo que parece poco serio, pero que realmente no deja dormir en toda la noche. Ahora la urticaria de la cara y del cuello han disminuido pero los brazos y las manos siguen pareciendo los del Lagarto de V (Diana ¿Dónde estás?).
Es por eso que todavía tengo que decidir si tomo los dos días más de baja que el médico me ha dado, aprovecho para hacer papeleos sanitarios (si, de nuevo dentro del fascinante mundo de los papeleos en Francia) o si por el contrario el lunes vuelvo al trabajo con estos bracitos de lagarto Juancho.
Por si acaso ayer puse todos mis asuntos en orden con el banco. Nunca se puede saber qué es lo que va a pasar mañana. Yo estoy tranquilo porque la cosa no parece muy grave, aunque si bastante molesta, pero por si acaso…
En cualquier caso, y como los viejos roqueros (que nunca mueren) prometo que os mando, antes de palmarla, unas fotos de Sophie conmigo en casa, paseando por la orilla del Sena o sentados en alguna cafetería tomado un café “creme”.
Un abrazo a todos y gracias por los que habéis enviado mensajes de apoyo por mi enfermedad (Gustavo, Raquel…) No los he publicado aquí (algunos) porque me parecían demasiado personales y he preferido contestaros en privado.
Cuando alguien tiene una adicción fuerte a algo, de esas que enganchan para toda la vida, pueden pasar años sin que la persona consuma, pero basta un ligero olor, una sensación que parecía olvidada, un sonido, un recuerdo de esos que llega en mitad de la noche, para que esa persona sienta la terrible necesidad de volver a consumir.
Y eso es lo que me ha pasado a mi. Bastó un ligero roce hace unas semanas, un sentimiento olvidado hace tiempo en los recodos de la memoria, para sentir la necesidad, obsesiva, que crecía día tras día, de volver a pecar.
Fue entonces cuando llegó mi enfermedad, los días de baja laboral, mis paseos solitarios por la ciudad y por fin mi encuentro con Sophie.
La verdad es que fue ella la que me llamó desde el principio. Me atrajo, me sedujo, y en cuanto escuché su voz supe que no nos podríamos volver a separar. Fue cuestión de horas decidir invitarla a casa. Ahora está aquí, conmigo, y se que poco a poco conseguiremos una intimidad, un cariño y una simbiosis como llegué a conseguir hace tiempo con Juanita, Tomasa o Julia.
Si, Sophie es mi nueva guitarra, francesa, morena, de curvas estilizadas y muy cantarina y alegre en el trato. Electro-acústica, suave al tacto, de buena calidad en su eléctrica y en sus materiales. No pude resistirlo y pequé. Era cuestión de tiempo caer en tentaciones de viejos vicios, aficiones aquí olvidadas, y como dijo mi jefe cuando me conoció… “un soltero con este sueldo en París… quién fuera joven otra vez”.
Prometo fotos de ambos, de Sophie y mías, compartiendo nuestra nueva casa.
En cuanto a cosas más serias, para los que menos enterados estéis os hago un pequeño resumen de mi enfermedad, que de verdad, y ahora sin coñas empieza a asustarme.
El domingo pasado comenzó un ligero sarpullido en manos y brazos, que yo asocié a algo que había comido los días anteriores, pero como el sarpullido no se extendió al resto del cuerpo enseguida descarté la alergia alimentaria. Luego se extendió solo a cara y cuello, dejándome las orejas rojas y ardiendo de picores.
El miércoles, como vi que no disminuía la urticaria fui al médico (en realidad mi jefa me vio tan mal que me “autorizó” a salir antes del curro para ver a un médico). Visitar a un médico aquí no es cosa fácil, pero no os voy a aburrir con los detalles de los cientos de llamadas y vueltas que di hasta dar con un centro de salud. Por supuesto, el famoso “timo” de la tarjeta sanitaria europea que nos colaron en España (como otros timos como el de las matrículas europeas, etc) no funcionó aquí en el centro de salud y tuve que pagar las consultas del médico.
Primero me dio algo fuerte para ver si disminuía la urticaria y los picores (miércoles por la tarde) y dos días de baja laboral. El viernes por la tarde, viendo que el sarpullido no se había reducido decidí consultar (pagando de nuevo) al mismo médico y me dio algo más fuerte todavía, otros dos días de baja (lunes y martes de la semana que viene) y se mostró preocupado. Si la urticaria no se ha reducido antes del martes me mandará a un especialista (dermatólogo-alergólogo) para intentar desentrañar qué cojones es lo que tengo.
Para que os hagáis una idea, hace dos días tenía la cara como el malo de “La Amenaza Fantasma” y me picaban las orejas a muerte, algo que parece poco serio, pero que realmente no deja dormir en toda la noche. Ahora la urticaria de la cara y del cuello han disminuido pero los brazos y las manos siguen pareciendo los del Lagarto de V (Diana ¿Dónde estás?).
Es por eso que todavía tengo que decidir si tomo los dos días más de baja que el médico me ha dado, aprovecho para hacer papeleos sanitarios (si, de nuevo dentro del fascinante mundo de los papeleos en Francia) o si por el contrario el lunes vuelvo al trabajo con estos bracitos de lagarto Juancho.
Por si acaso ayer puse todos mis asuntos en orden con el banco. Nunca se puede saber qué es lo que va a pasar mañana. Yo estoy tranquilo porque la cosa no parece muy grave, aunque si bastante molesta, pero por si acaso…
En cualquier caso, y como los viejos roqueros (que nunca mueren) prometo que os mando, antes de palmarla, unas fotos de Sophie conmigo en casa, paseando por la orilla del Sena o sentados en alguna cafetería tomado un café “creme”.
Un abrazo a todos y gracias por los que habéis enviado mensajes de apoyo por mi enfermedad (Gustavo, Raquel…) No los he publicado aquí (algunos) porque me parecían demasiado personales y he preferido contestaros en privado.
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