Hola chic@s. Hoy he decidido contaros cómo funciona mi adicción. Seguro que muchos conocéis casos graves de gente enganchada a drogas, alcohol, etc. No me entendáis mal, no pretendo banalizar enfermedades serias, sólo explicar que lo que yo sufro se acerca muchas veces, si no la mayoría, a los ataques de ansiedad de un “mono” adictivo. (Y bueno, que os echéis unas risas mientras leéis la entrada).
Y para explicar qué me suele ocurrir, lo mejor es coger un caso real y reciente: el sábado pasado por la mañana.
Mi adicción (mano delante de los ojos para proteger la identidad…) es la música en cualquiera de sus estados. Da igual que sean CD’s, archivos de mp3 grabados en un ordenador, instrumentos musicales, libros, películas o conferencias musicales, incluso el tamborilear con los dedos encima de la mesa mientras desayunas (en mi casa me llaman el pesado del tambor de hojalata).
Muchas veces les he dicho a mis amig@s mas cercanos, (los que te entienden), que creo que en cada bocanada de aire que respiro entran los componentes normales (oxígeno, nitrógeno, etc) y una pequeña porción de música. De hecho cuando llevo muchos días sin escuchar música estoy de un humor de perros y puedo morderle a cualquiera.
¿Qué pasó el sábado? Pues el sábado fue uno de esos días en los que me da un bajón y decido dedicarme unas horas para mi mismo en tiendas de música, sólo para mirar, respirar, observar, respirar, rozar con los dedos y volver a tomar una bocanadita de aire.
La mañana empezó en la Fnac de París. En Guadalajara, cada pocas semanas me tomo un sábado sabático para ir a la Fnac de Madrid y sumergirme en las estanterías. Algunos diréis que en la época de la “e-mula” soy un idiota, un gilip… o algo peor, y quizá tengáis razón, pero como ya he dicho las adicciones a veces nos hacen gastar mucho tiempo y dinero…. (algunos habéis visto la “colección” de CD’s de mi casa de Guada).
Las mañanas de la Fnac son un ejercicio espiritual de aislamiento. Yo paseo por las estanterías, husmeo, busco, toco… se que hay gente a mi alrededor, pero no me importan. Ninguna de las personas que pululan a mi alrededor causa la menor impresión en mi. Yo solo estoy allí, paseando, a velocidad distinta del resto del mundo, como en un sueño.
Al despertar del sueño descubres que en tus manos se acumulan un número incontable a simple vista de CD’s, DVD’s y demás material adictivo. Ahora puedo permitirme algún “caprichito” al mes, pero he llegado a gastar burradas (incluida la pensión de mis hijos ilegítimos) cuando no tenía ni un duro. “Es triste de pedir…”.
El sábado pasado sin embargo, mi mente, acostumbrada también a “engañar” a mis instintos adictivos se cuestionó a si misma: “queda una semana para el cumpleaños y estás sólo, en una ciudad extraña y con un fajo de billetes en el bolsillo. ¿Por qué gastarlo todo en un chute si puedes dosificar durante la semana?”. Así que dejé apartados algunos de los CD’s que había recogido y me conformé con “los imprescindibles” para el chute del fin de semana.
El problema del adicto, es que no lo es a una sola cosa, sino a varias. Al salir de la Fnac, mi mente le dijo al resto de mi cuerpo que el esfuerzo realizado buceando entre CD’s había sido terrible y que necesitábamos un café. Las mañanas de la Fnac-Madrid suelen acabar en un Starbuck’s… y aquí en París no son distintas. Así que mi cuerpo me condujo al Starbuck’s que más le gusta a mi mente…. Uno que “pega puerta con puerta” con la mayor tienda de instrumentos musicales de París (de dónde rescaté a Sophie hace tiempo).
La tienda es como otra balsa de aceite para mi. Los sábados no solo venden instrumentos, sino que tienen un pequeño escenario en el que tocan grupos desconocidos a partir de las 12 de la mañana. La sensación de pasear entre cientos de instrumentos con la música en directo de fondo es como la sensación de felicidad inmensa del cigarrillo que te fumas después de discutir con tu jefe (para que me entiendan los que fuman). Sabes que te lo estás fumando con mala leche, pero en ese momento te sienta genial. Cada calada profunda y con rabia es un insulto, una puñalada imaginaria al “boss” que te arranca una sonrisita de paz y tranquilidad.
Así pululaba yo, entre las guitarras colgadas, dejando que me hablaran, sin tener una idea o un rumbo fijo, cuando en mi mente se abrió paso la pregunta que todo adicto se hace alguna vez en medio del chute más dulce: “¿y si lo tiramos todo por la ventana?” Y la idea de “tirarlo todo por la ventana” para mi en ese momento era: “ya que tenemos dinero, cumpleaños y “mono”, ¿por qué no comprar un teclado?”.
De nuevo como en un sueño, mi mente vio como mi cuerpo descendía a la planta de debajo de la tienda (pianos y baterías) y rozaba cariñosamente los teclados y pianos de la sala. Llegué a dar con el inquilino perfecto: un teclado con un precio oferta lo suficientemente ajustado para no jugarme las comidas del mes y con el tamaño suficiente como para sólo taponar una de las ventanas de mi duplex.
En este momento el Pepito Grillo que todos llevamos dentro volvió a actuar y me dijo: “no seas impulsivo… piensalo bien….” (NOTA: poner un eco lejano a esto, jejeje). Yo le contesté: “¿tu no tendrías que estar dándole por cu… a algún personaje de Disney?” y Pepito desapareció. (No esta muerto, tranquilos, no soy tan cruel).
Pero la idea de prolongar el chute un par de semanas había calado en mi, así que a pesar de los gritos del teclado “¡cobarde!, ¡libérame, llévame a casa!” volví a la planta de arriba a intentar calmar los temblores y los sudores escondido entre las guitarras.
Craso error, porque ahora las guitarras no solo hablaban, sino que gritaban todas al unísono, pidiendo clemencia, libertad, una mano grácil que las tocara y las quisiera. Temblando, sudando, con los ojos rojos, me deslicé hacía la sección de instrumentos desconocidos hasta ahora para mi: tubas, trombones y demás material orquestil. Pero incluso escondido tras una columna sentía los ojos fijos en mi de un banjo en el que me fijé nada más entrar en la tienda.
Me acerqué al banjo, me alejé, me volví a acercar, me alejé, corrí hacia él para acariciarlo… y al final acabé llamando al garçon para que me sacara una harmónica de una estantería (de hecho le convencí para que no me dejara comprar nada más aunque le suplicara).
El chico me miró con esas miradas de los tíos conocedores de los “monos” adictivos, me preguntó mi apellido, sacó mi “ficha instrumentil” del ordenador (la compra de Sophie y sus complementos) y me dijo “espero verte esta semana por aquí otra vez. Van a llegar unas ofertas de…” Aquí yo salí corriendo con mi recibo en mano, y con una bolsa en la que sin saber cómo se habían colado además de la harmónica un colgador para la susodicha y un método de guitarra de Jazz. (si, los cogí yo también, soy un adicto y no me da miedo reconocerlo).
Volví a casa en una de las bicicletas del ayuntamiento y pasé toda la tarde recordando la carita de pena del banjo cuando salí corriendo por la puerta. Quiero creer que seré fuerte, pero la presión es demasiada y se que al final de la semana acumularé una cantidad de “drogas musicalmente blandas” en casa con la que no contaba al principio de mes.
Así funciona una adicción. Así funciona mi adicción. Se que durante el fin de semana he asistido a partidos de fútbol, de tenis, he tomado cañas con los amigos, pero lo que recuerdo de este fin de semana es el chute liberador de presión del sábado por la mañana.
De hecho, y como ya os he comentado, el que es adicto desarrolla otras adicciones con el tiempo, y a mi adicción musical se ha ido uniendo poco a poco la adicción fotográfica (¿he comentado que al salir de la Fnac también encontré en mi mochila un par de adminículos y un trípode para mi cámara de fotos?, ¡ups!).
Bueno chic@s. Prometo que intentaré contenerme, pero ya os advierto que algo más caerá en mis manos antes de acabar esta semana. Discos no editados en España (la Dave Mathews Band), algún instrumento de más y puede que varios DVD’s. Se que es irracional, se que es un gasto de tiempo y dinero, pero al fin y al cabo es una enfermedad, y las enfermedades funcionan de esta manera. De hecho las propias medicinas para curar una enfermedad ya son un gasto de dinero en si, así que no hay salida, queramos o no la enfermedad está con nosotros. La mía es crónica, por ahora poco agresiva, pero siempre está aquí, recodándome lo que soy (un adicto a mierda) y haciéndome sentir mal o bien en función de lo que consuma.
Cuando intento pasar el “mono”, durante unos días, la cosa funciona, pero al final mi cuerpo acaba por estallar de forma violenta, y me sorprende subiendo el volumen de los cascos en el metro, acariciando a Sophie a las 3 de la mañana para poder dormir o tras una estantería musical de la Fnac.
Chic@s no me tengáis pena, simplemente intentar comprender mi situación y si me veis un día tirado por la calle darme algunas “monedejas” para un disco de El Fary.
Y para explicar qué me suele ocurrir, lo mejor es coger un caso real y reciente: el sábado pasado por la mañana.
Mi adicción (mano delante de los ojos para proteger la identidad…) es la música en cualquiera de sus estados. Da igual que sean CD’s, archivos de mp3 grabados en un ordenador, instrumentos musicales, libros, películas o conferencias musicales, incluso el tamborilear con los dedos encima de la mesa mientras desayunas (en mi casa me llaman el pesado del tambor de hojalata).
Muchas veces les he dicho a mis amig@s mas cercanos, (los que te entienden), que creo que en cada bocanada de aire que respiro entran los componentes normales (oxígeno, nitrógeno, etc) y una pequeña porción de música. De hecho cuando llevo muchos días sin escuchar música estoy de un humor de perros y puedo morderle a cualquiera.
¿Qué pasó el sábado? Pues el sábado fue uno de esos días en los que me da un bajón y decido dedicarme unas horas para mi mismo en tiendas de música, sólo para mirar, respirar, observar, respirar, rozar con los dedos y volver a tomar una bocanadita de aire.
La mañana empezó en la Fnac de París. En Guadalajara, cada pocas semanas me tomo un sábado sabático para ir a la Fnac de Madrid y sumergirme en las estanterías. Algunos diréis que en la época de la “e-mula” soy un idiota, un gilip… o algo peor, y quizá tengáis razón, pero como ya he dicho las adicciones a veces nos hacen gastar mucho tiempo y dinero…. (algunos habéis visto la “colección” de CD’s de mi casa de Guada).
Las mañanas de la Fnac son un ejercicio espiritual de aislamiento. Yo paseo por las estanterías, husmeo, busco, toco… se que hay gente a mi alrededor, pero no me importan. Ninguna de las personas que pululan a mi alrededor causa la menor impresión en mi. Yo solo estoy allí, paseando, a velocidad distinta del resto del mundo, como en un sueño.
Al despertar del sueño descubres que en tus manos se acumulan un número incontable a simple vista de CD’s, DVD’s y demás material adictivo. Ahora puedo permitirme algún “caprichito” al mes, pero he llegado a gastar burradas (incluida la pensión de mis hijos ilegítimos) cuando no tenía ni un duro. “Es triste de pedir…”.
El sábado pasado sin embargo, mi mente, acostumbrada también a “engañar” a mis instintos adictivos se cuestionó a si misma: “queda una semana para el cumpleaños y estás sólo, en una ciudad extraña y con un fajo de billetes en el bolsillo. ¿Por qué gastarlo todo en un chute si puedes dosificar durante la semana?”. Así que dejé apartados algunos de los CD’s que había recogido y me conformé con “los imprescindibles” para el chute del fin de semana.
El problema del adicto, es que no lo es a una sola cosa, sino a varias. Al salir de la Fnac, mi mente le dijo al resto de mi cuerpo que el esfuerzo realizado buceando entre CD’s había sido terrible y que necesitábamos un café. Las mañanas de la Fnac-Madrid suelen acabar en un Starbuck’s… y aquí en París no son distintas. Así que mi cuerpo me condujo al Starbuck’s que más le gusta a mi mente…. Uno que “pega puerta con puerta” con la mayor tienda de instrumentos musicales de París (de dónde rescaté a Sophie hace tiempo).
La tienda es como otra balsa de aceite para mi. Los sábados no solo venden instrumentos, sino que tienen un pequeño escenario en el que tocan grupos desconocidos a partir de las 12 de la mañana. La sensación de pasear entre cientos de instrumentos con la música en directo de fondo es como la sensación de felicidad inmensa del cigarrillo que te fumas después de discutir con tu jefe (para que me entiendan los que fuman). Sabes que te lo estás fumando con mala leche, pero en ese momento te sienta genial. Cada calada profunda y con rabia es un insulto, una puñalada imaginaria al “boss” que te arranca una sonrisita de paz y tranquilidad.
Así pululaba yo, entre las guitarras colgadas, dejando que me hablaran, sin tener una idea o un rumbo fijo, cuando en mi mente se abrió paso la pregunta que todo adicto se hace alguna vez en medio del chute más dulce: “¿y si lo tiramos todo por la ventana?” Y la idea de “tirarlo todo por la ventana” para mi en ese momento era: “ya que tenemos dinero, cumpleaños y “mono”, ¿por qué no comprar un teclado?”.
De nuevo como en un sueño, mi mente vio como mi cuerpo descendía a la planta de debajo de la tienda (pianos y baterías) y rozaba cariñosamente los teclados y pianos de la sala. Llegué a dar con el inquilino perfecto: un teclado con un precio oferta lo suficientemente ajustado para no jugarme las comidas del mes y con el tamaño suficiente como para sólo taponar una de las ventanas de mi duplex.
En este momento el Pepito Grillo que todos llevamos dentro volvió a actuar y me dijo: “no seas impulsivo… piensalo bien….” (NOTA: poner un eco lejano a esto, jejeje). Yo le contesté: “¿tu no tendrías que estar dándole por cu… a algún personaje de Disney?” y Pepito desapareció. (No esta muerto, tranquilos, no soy tan cruel).
Pero la idea de prolongar el chute un par de semanas había calado en mi, así que a pesar de los gritos del teclado “¡cobarde!, ¡libérame, llévame a casa!” volví a la planta de arriba a intentar calmar los temblores y los sudores escondido entre las guitarras.
Craso error, porque ahora las guitarras no solo hablaban, sino que gritaban todas al unísono, pidiendo clemencia, libertad, una mano grácil que las tocara y las quisiera. Temblando, sudando, con los ojos rojos, me deslicé hacía la sección de instrumentos desconocidos hasta ahora para mi: tubas, trombones y demás material orquestil. Pero incluso escondido tras una columna sentía los ojos fijos en mi de un banjo en el que me fijé nada más entrar en la tienda.
Me acerqué al banjo, me alejé, me volví a acercar, me alejé, corrí hacia él para acariciarlo… y al final acabé llamando al garçon para que me sacara una harmónica de una estantería (de hecho le convencí para que no me dejara comprar nada más aunque le suplicara).
El chico me miró con esas miradas de los tíos conocedores de los “monos” adictivos, me preguntó mi apellido, sacó mi “ficha instrumentil” del ordenador (la compra de Sophie y sus complementos) y me dijo “espero verte esta semana por aquí otra vez. Van a llegar unas ofertas de…” Aquí yo salí corriendo con mi recibo en mano, y con una bolsa en la que sin saber cómo se habían colado además de la harmónica un colgador para la susodicha y un método de guitarra de Jazz. (si, los cogí yo también, soy un adicto y no me da miedo reconocerlo).
Volví a casa en una de las bicicletas del ayuntamiento y pasé toda la tarde recordando la carita de pena del banjo cuando salí corriendo por la puerta. Quiero creer que seré fuerte, pero la presión es demasiada y se que al final de la semana acumularé una cantidad de “drogas musicalmente blandas” en casa con la que no contaba al principio de mes.
Así funciona una adicción. Así funciona mi adicción. Se que durante el fin de semana he asistido a partidos de fútbol, de tenis, he tomado cañas con los amigos, pero lo que recuerdo de este fin de semana es el chute liberador de presión del sábado por la mañana.
De hecho, y como ya os he comentado, el que es adicto desarrolla otras adicciones con el tiempo, y a mi adicción musical se ha ido uniendo poco a poco la adicción fotográfica (¿he comentado que al salir de la Fnac también encontré en mi mochila un par de adminículos y un trípode para mi cámara de fotos?, ¡ups!).
Bueno chic@s. Prometo que intentaré contenerme, pero ya os advierto que algo más caerá en mis manos antes de acabar esta semana. Discos no editados en España (la Dave Mathews Band), algún instrumento de más y puede que varios DVD’s. Se que es irracional, se que es un gasto de tiempo y dinero, pero al fin y al cabo es una enfermedad, y las enfermedades funcionan de esta manera. De hecho las propias medicinas para curar una enfermedad ya son un gasto de dinero en si, así que no hay salida, queramos o no la enfermedad está con nosotros. La mía es crónica, por ahora poco agresiva, pero siempre está aquí, recodándome lo que soy (un adicto a mierda) y haciéndome sentir mal o bien en función de lo que consuma.
Cuando intento pasar el “mono”, durante unos días, la cosa funciona, pero al final mi cuerpo acaba por estallar de forma violenta, y me sorprende subiendo el volumen de los cascos en el metro, acariciando a Sophie a las 3 de la mañana para poder dormir o tras una estantería musical de la Fnac.
Chic@s no me tengáis pena, simplemente intentar comprender mi situación y si me veis un día tirado por la calle darme algunas “monedejas” para un disco de El Fary.
Desde París, abrazos a todos.
PS: QUE GRANDE ES NADAL! OLE MI NIÑO, QUE LE DECÍAN AYER EN LA CANCHA
1 comentario:
Raúl,
ya puedes ir mandando tu curriculum a los periódicos y semanales, que con entradas como esta te puedes ganar la vida mejor que con el laboratorio.
¡hoy has triunfado!
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